Los Papalagi
Sebastian Brand - 23-09-2007 22:45:51 | Categoria: Curiosidades
La palabra papalagi (o palagi, o palangi) significa entre los nativos de Samoa algo así como hombre blanco, si bien parece tener un origen algo más que controvertido. La wikipedia francesa, por ejemplo, dice que podría significar "romper el cielo" (en referencia a los mástiles de las naves europeas) o "encerrar la cabeza" (por los gorros que llevaban los colonizadores).En torno a la cuestión de los papalagi, u occidentales, se ha formado una leyenda que todavía hoy sigue sin estar del todo clara. Todo empieza cuando un tal Erich Scheurmann, de origen germano (su biografía en alemán se puede consultar aquí, y en inglés, aquí) viajó a Samoa en 1914. Una vez empezada la primera guerra mundial, su país se convirtió en beligerante, y por tanto él mismo en presunto combatiente: en 1917 fue capturado por los norteamericanos y trasladado, al parecer, a Estados Unidos, regresando a Alemania poco después de finalizado el conflicto. En 1920 publicó un curioso libro, "Los Papalagi", en el que traduce los discursos que un jefe samoano (Tuavii de Tiavea) lanza a sus paisanos, y en los que este nativo de Samoa describe la vida y costumbres de los occidentales, vida y costumbres que conoce de un viaje previo por Europa.

Las descripciones que Tuavii/Scheurmann nos presentan a la civilización occidental a través de la mirada de un extranjero. El libro se estructura en varios discursos. En cada uno de ellos el samoano Tuavii analiza alguna dimensión concreta de la cultura occidental. Sus observaciones están cargadas de ingenuidad, autocomplacencia y buenas dosis de etnocentrismo. En todo caso, no dejan indiferente a nadie y resulta divertido leerlas.
Así describe el asombrado jefe samoano el calzado de los occidentales:
...alrededor de los pies se atan una piel tal moldeable como recia. Normalmente la piel suave es elástica y se moldea bien a la forma del pie, pero la dura no lo hace en absoluto. Están hechas de gruesos pellejos de animal que han sido puestos en remojo, deshollados con navaja, golpeados y colgados al sol tanto tiempo que se han endurecido y curtido. Usando esto, los Papalagi construyen una especie de canoa con los lados altos, lo suficientemente grande para que el pie se ajuste. Una canoa para el pie izquierdo y otra para el derecho. (...) Esto va contra la naturaleza y también lo entiende así el hombre blanco; cansa sus pies hasta que parecen muertos y apestados, y como que han perdido la habilidad de agarrar cosas o de trepar a los árboles, los Papalagi tratan de esconder su vergüenza embadurnando el pellejo animal, que originalmente parecía rojo, con una especie de grasa que lo hace brillar después de extenderla frotando.
Como se puede ver, en jefe Tuavii analiza nuestras costumbres a través de sus categorías, asignando a lo para él desconocido (los zapatos) la identidad de lo conocido (la canoa). Es importante señalar también que el jefe samoano añade siempre algún juicio o valoración negativa sobre las costumbres occidentales. El esquema descripción-juicio negativo es constante en la obra. Miren si no cual es su visión del dinero, al que él llama "metal redondo y hoja de papel tosca":
Cuando hablas a un Europeo sobre el Dios del Amor, sonríe y pone cara divertida. Sonríe por tu estupidez. Pero tan pronto como le muestres una pieza de metal redondo y brillante o una hoja de papel tosco, entonces sus ojos se iluminan y la saliva empieza a babear por sus labios. (...) ...en la tierra de los blancos es imposible estar sin dinero, ni siquiera por un momento, entre el amanecer y el ocaso, ¡sin nada de dinero! No podrías satisfacer tu hambre, tu sed, serías incapaz de encontrar una estera para la noche. (...) Ni siquiera cuando alguien tiene mucho dinero, mucho más del que la mayoría de la gente tiene, tanto que cientos de miles de trabajadores podrían reducir con él su aflicción, cede nada de él. Cubre el metal redondo con sus manos y se sienta sobre el papel tosco; avaricia y avidez arden en sus ojos. Y cuando le preguntas qué proyecta hacer con todo ese dinero, dándote cuenta de que no puedes hacer mucho más en la tierra que vestirte y saciar tu hambre y tu sed, entonces no sabe qué decir o contesta: «Quiero ganar más dinero, siempre más y más». Entonces pronto te percatas de que el dinero le ha vuelto enfermo, que su sentido común ha escapado ante la enfermedad del dinero.
La medida del tiempo también llama su atención. Esta es la descripción de los relojes, de cómo contamos el tiempo y de qué consecuencias tiene:
Hombres, mujeres y hasta niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda, dentro de sus taparrabos. atada a una cadena de metal pesado, colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se les enseña a los niños arrimándolos a sus orejas, para despertar su curiosidad. (...) En Europa hay realmente poca gente que tenga tiempo. Puede incluso que ninguna. Ésa es la razón por la que la gente corre por la vida como una piedra lanzada. Casi todos mantienen sus ojos pegados al suelo cuando caminan y balancean sus brazos para llevar mejor el paso. Cuando alguien les para, le gritan malhumoradamente: "¿Por qué me has parado? No tengo tiempo."
Los restantes discursos, llenos de comparaciones deliciosas y juicios más o menos atinados recorren la variada gama de la experiencia occidental: la estructura de las ciudades y las casas, las máquinas, los libros, el teléfono, la prensa, el trabajo...

La conclusión del jefe samoano es clara: los occidentales estamos enfermos, no sabemos vivir, y somos una mala influencia para cualquier cultura:
Hermanos, mi amor por Dios y por todos vosotros me posee; por esa razón Dios me dio mi pequeña voz, para contaros todas estas cosas que os he dicho. De modo que permaneceremos firmes en nuestro interior y no seremos seducidos por la lengua fluida y rápida de los Papalagi. Cuando vuelvan, mantengamos nuestros brazos frente a nuestros ojos y gritémosles que silencien sus voces estrepitosas, porque a nosotros sus voces nos suenan como el rugir del oleaje y el silbar de las palmeras, pero a nada más. Y mientras no tengan rostros fuertes y felices, y desde sus brillantes ojos la imagen de Dios no irradie como el sol, dejémosles permanecer lejos.
El libro (que se puede consultar íntegro, con ilustraciones y en castellano aquí) es una vasta denuncia del precipitado modo de vida europeo, con su infelicidad y su maquinismo, su falta de respeto a la naturaleza y su huída crónica del placer. Traducido a múltiples idiomas, ha sido inspirador de movimientos ecologistas y hippies, y supone un auténtico tesoro antropológico sobre nosotros mismos, una mirada desde fuera, como si un alienígena le contara a sus compañeros de planeta nuestras absurdas contradicciones.
Mejor dicho, "sería" un tesoro antropológico si fuera cierto. Lo que no sabe mucha gente (y muchas ediciones actuales ocultan, por ignorancia o interés) es que el libro es pura ficción. Si bien Erich Scheurmann sí viajó a Samoa, ningún jefe samoano lo hizo a Europa. En realidad, todos los discursos no son más que la visión de nuestra cultura a través de los ojos de un occidental que finge ver a través de los ojos de un extranjero.
No es el único caso de falsificación antropológica: la respuesta del jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos, inspiradora de tan buenos sentimientos ecologistas, es otro "hoax" que mucha gente cree a pies juntillas. Según detallan en esta página , un tal Hans Paasche intentó, sin mucho éxito, algo parecido al relatar el viaje de un africano por Alemania.

Todo esto me hace pensar en el enorme interés que los occidentales tenemos por nosotros mismos: nos observamos, nos psicoanalizamos, nos diseccionamos hasta el hartazgo. Y, cosa curiosa, lo hacemos con una saña feroz. Es posible que la civilización occidental sea colonialista, soberbia, destructora, etnocéntrica... pero no conozco ningún otro grupo cultural que se haya criticado a sí mismo con tanta intensidad como nosotros: parece que nos devora la hibris de la destrucción y el pesimismo.
Esa hibris era la que criticaba el jefe samoano. Erich Scheurmann cayó en la falta que él mismo reprobaba.
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