Gitanos I
Sebastian Brand - 28-09-2007 20:31:01 | Categoria: Gitanología
(índice: Gitanos II, Gitanos III)Cuando dos países entran en guerra una de los primeras batallas que hay que ganar es la interna: es necesario convencer a los de dentro, a Juan Pueblo, que la guerra tiene sentido. Para eso, lo principal no es conocer al enemigo, si no ignorarlo. Cuanto menos sepa un pueblo del otro, mejor. Es más facil desear la muerte y la ruina de una comunidad extraña y remota (aunque se encuentre a pocos quilómetros de la frontera) que de alguien a quien conocemos, apreciamos y respetamos. Es más sencillo matar a quien no se conoce. Es preciso deshumanizar al enemigo.
Los Europeos sabemos mucho de esto. Al fin y al cabo, somos una comunidad cultural más o menos homogénea que lleva matándose con saña desde hace siglos. No se recuerda un periodo largo de tiempo en el que los europeos modernos no hayan estado enzarzados en alguna trifulca interna. La última, en los Balcanes. La más conocida, la llamada guerra mundial (primera y segunda edición). Otras, ya casi olvidadas: la guerra francoprusiana, la invasión napoleónica, la guerras de religión y un largo etcétera. Siempre dándonos de piñas. Somos expertos en ignorar a nustros vecinos.

Las únicas noticias que se tienen del enemigo vienen del frente, de esa delgada frontera de muerte que separa a las dos comunidades en guerra: noticias de muerte y destrucción. El enemigo no comete actos de heroísmo, si no que muere como un canalla; el enemigo no gana batallas, sino que perpetra actos de pillaje y violaciones; el enemigo no es humano, sino un animal enfurecido.
¿Y qué sucede cuando las comunidades enfrentadas ocupan el mismo territorio? En ese caso la guerra recibe el nombre de civil. Pocos países europeos se han librado de su guerra civil. Francia tuvo la suya (le llaman Revolución Francesa), Inglaterra también. Rusia la tuvo justo después de la Revolución. España tuvo una muy recordada (la Guerra Civil española) e incontables más (entre ellas, las llamadas Carlistas, hoy en la práctica olvidadas, y así nos va).
Otras cacerías internas no se perciben como guerras civiles, aunque comparten algunas de sus características. La más notoria fue la destrucción de la judería europea entre fines de los treina y mediados de los cuarenta del siglo XX. Le llamaron nazismo porque los nazis perdieron la guerra y no pudieron escribir su historia. Y además, es cierto, hicieron cosas horribles. Pero no olvidemos que, como explica Anna Arendt en su libro "Los Orígenes del Totalitarismo", prácticamente todos los europeos asistieron complacidos a la persecución judía. Salvo contados casos (Dinamarca, por ejemplo) ningún estado se opuso a la limpieza étnica. Hubo episodios heroicos (heroicos por escasos), protagonizados por ciudadanos solitarios que se opusieron activamente a la deportación y el exterminio, pero en general la tónica parece haber sido la complacencia, en el mejor de los casos la indiferencia. Se sabe que la matanza en Polonia continuó tiempo después de la derrota alemana. El el documental Soah, de Claude Lanzmann, se pueden escuchar los divertidos comentarios de los vecinos que vivían cerca de Auschwitz. Los polacos nunca quisieron bien a los judíos. Ni los italianos. Ni los franceses. Ni nadie. Todo eso me recuerda a aquella escena de la película "La vida de Brian": sí, los romanos son los opresores, pero por lo menos han arreglado la irrigación y ahora se puede andar por la calle. Los nazis, por lo menos, nos han quitado esa molestia; si queremos echar a los nazis es porque son extranjeros, no porque deporten a los judíos.

Durante la segunda guerra mundial cada uno, más o menos, hizo lo que le dio la gana, con la coincidencia generalizada de que nadie quería tener judíos en su territorio. Sí, ya sé que es políticamente incorrecto en ciertos círculos decir estas cosas: le tachan a uno de sionista y de vendido al estado de Israel. Pero no confundamos las cosas. Denunciar la injusticia es siempre incómodo: en Europa llevábamos siglos intentando meter en cintura a los judíos, y el siglo XX y sus modernidades nos dieron la ocasión propicia.
La población judía nunca había estado tan asimilada como lo estuvo durante el siglo XX, especialmente en Alemania: miles de ellos abandonaron su religión para trabajar en la administración pública (el padre de Carlos Marx, sin ir más lejos), otros cambiaron sus apellidos, y su religiosidad era más bien limitada en los países mas industrializados. Además, los judíos no eran especialmente ricos: jamás hubo en europa seis millones de acaudalados, más allá de las familias pudientes de siempre (porque ricos los hay en todos lados: ¿acaso mandaron a algún banquero ario a Treblinka?). De esta manera, su grado de asimilación fue proporcional al de destrucción: localizados en los censos, señalados uno por uno en los barrios, los judíos europeos fueron cazados con prodigiosa eficiencia. La cominidad judía, que llebava en Europa desde hacía siglos, desapareció del mapa como por ensalmo. Creo recordar que de los 500.000 judíos que había en Alemania hoy quedan 15.000. En Polonia no quedó ni rastro de sus tres millones de hebreos. En lugares tan pintorescos como Corfú la comunidad judía se evaporó para siempre. Para que luego digan que Hitler perdió la guerra.

En esos casos lo mejor es estar poco asimilado. El mejor ejemplo son los gitanos. Los europeos, quiero decir, los nazis intentaron también meterlos en vereda, pero no hubo manera. Si bien miles de romaníes dejaron su vida en los campos de exterminio (hoy día la cifra de víctimas sigue siendo un enigma: ¿50.000? ¿100.000? ¿500.000?, tanto da), el problema fundamental era cazarlos. Su grado de asimilación era (y es) tan bajo que resultaba complicado incluso localizarlos, cuánto más conocer la cantidad exacta que había que matar. Hoy hay 13 millones de gitanos en el mundo, la mayoría en Europa Central (antes llamada del Este). Es la principal minoría étnica de la Unión Europea. En España hay más de 600.000. Si eso no es capacidad de adaptación, que baje Dios y lo vea. La gitanóloga Teresa Sanroman lo bautiza como "resistencia étnica". Pocas comunidades han sido tan perseguidas como la romaní, pese a lo cual han ido sorteando las ocasiones de extinción una y otra vez. La Reina Isabel la Católica (sic) consiguió vaciar la península de judíos, pero con los gitanos no pudo. Ni Hitler logró apurar la faena. Los gitanos serán lo que quieran, pero a escurridizos no hay quien les gane: han sobrevivido a 500 años de persecución. Y sobrevivir a las iras de los payos durante 500 años tiene su mérito.
(continúa en Gitanos II)
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