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Gitanos II

(...) Las únicas noticias que se tienen del enemigo vienen del frente, de esa delgada frontera de muerte que separa a las dos comunidades en guerra: noticias de muerte y destrucción (...)

(índice: Gitanos I, Gitanos III)

¿Qué sabemos de los gitanos? La verdad que muy poco: hay acuerdo en que vienen de la India, tal vez del Punjab, que un día decidieron emigrar hacia occidente, allá por el siglo X, y que se detuvieron un siglo o dos en Asia Menor. Que luego echaron a andar de nuevo por el norte de África y el centro de Europa, que en 1415 entraron en la península y que luego se esparcieron por América. La Wikipedia, en su artículo sobre la Historia del pueblo gitano, nos ofrece un mapa con las correrías de los romaníes por Europa:

Migración europea del pueblo gitano (ver mapa ampliado).


Los gitanos, se dice, son nómadas, pero no es verdad. Si bien no tuvieron nunca gran amor por la agricultura (y eso tampoco es del todo cierto) y se dedicaron a oficios itinerantes, su nomadismo es más un síntoma que un posicionamiento vital: es el resultado de un conflicto permanente con el hombre blanco. ¿Los gitanos son expulsados porque son nómadas, o son nómadas porque son expulsados? Más bien parece lo segundo. Los estudios de gitanología muestran cómo es precisamente sobre los gitanos sedentarizados sobre los que se ejercen las medidas represivas más eficaces. Ese hecho no es, precisamente, una invitación a quedarse.

La población gitana española es la más sedentarizada del mundo (tras siglos de políticas asimilacionistas), y ha sustituído el nomadismo por la residencia estable, conservando eso sí un modo de vida deambulatorio (venta en mercados, etc), así como atavismos culturales que nos hablan de un pasado de persecución y expulsiones en plena noche (la riqueza en forma de joyas, para su rápido transporte, y automóviles grandes y potentes en sustitución de sus carretas, para salir disparados si la cosa se pone fea). En Francia, Alemania o Inglaterra, por ejemplo, continúan con su vida errante. No merece la pena poseer nada que no sea transportable: total, terminarán expulsados.

El común de los payos apenas conocen a los gitanos, y si lo hace es por las noticias del frente de guerra: robos, atracos, engaños... El gitano tampoco quiere conocer al payo: la única noticia que tiene de los payos es el abuso, la soberbia, el desprecio y el miedo. El gitano vive su pobreza (porque es cierto que la inmensa mayoría de los gitanos viven en la pobreza) como una condición inevitable de su convivencia con los payos. No practica tampoco la religión paya (en españa se han decidido masivamente por el protestantismo), y hablan entre ellos su propia lengua (mezclada normalmente con la nativa dominante, y en todo caso con un acento propio). Mantienen sus propias estructuras sociales y poseen una justicia interna que les evita el trance de pasar por los tribunales del hombre blanco, diseñados para acusarlos, no para defenderlos.

Anuncio de venta de esclavos gitanos.
Año 1852


Los gitanos carecen de historia, e incluso de identidad. Es frecuente que entre “ellos” se nieguen la gitanidad. Teresa Sanromán, en su libro “La diferencia inquitante”, afirma no sin sorna que la mayoría de los gitanos portugueses de Galicia no son gitanos, sino sencillamente portugueses pobres. Gitano no es tanto una condición étnica, lingüística o genética, sino un modo de vida. Pese a todo, si bien como decimos los gitanos no tienen historia (ni les interesa) sí tienen conciencia colectiva. Esclavizados, deportados, expulsados, vigilados, confinados, torturados, arrestados arbitrariamente, acusados de lo delitos más variados (da lo mismo si probados o no), se relacionan con los payos en función de comportamientos heredados, lo mismo que a la inversa. En esa conciencia colectiva se han depositado infinidad de experiencias que, fosilizadas, han dado lugar a un estereotipo. Baste recordar uno de los episodios más infames de la historia española, convenientemente olvidados: la Gran Redada de Gitanos de 1749, en la que por orden del Rey Fernando VI todos los gitanos de España fueron cazados uno a uno, separadas las familias, y enviados a prisión o trabajos forzados durante 15 años... pero no adelantemos acontecimientos: de ese tema hablaremos más adelante.

Desengañémonos: gitanos y payos viven bajo un mismo territorio, pero en mundos distintos. Una comunidad no quiere saber de la otra. El objetivo es molestarse lo menos posible. El sentimiento de recelo y desprecio es mutuo. Sólo cuando el azar y la necesidad ponen en contacto ambas comunidades se desata el conflicto. Y ese conflicto, vivido por lo general a través de la lente racista y salpimentado de argumentos testiculares, es la única noticia que tienen los unos de los otros.

Cada reproche, cada prejuicio del hombre blanco hacia los gitanos termina inevitablemente volviéndose en su contra, como un boomerang ideológico que desvela las contradicciones del hombre blanco. Los gitanos son todavía acusados de ladrones, en una época en que las estafas financieras son multimillonarias y las notarías se llenan de prevaricadores. Son acusados de puritanos, en un país que hasta hace poco fue nacional-católico (momento en que se acusó a los gitanos, esta vez, de promiscuos y libertinos). Se les recrimina su falta de asimilación a la cultura local, mientras sus producciones artísticas resultan ser, en numerosos países, elemento oficial del acervo nacional.

Es necesario ser precavido y no caer en el enfoque romántico del problema: los gitanos no son una raza superior, ni su modo de vida el único posible. Pero es necesario que el hombre blanco piense de sí mismo exactamente eso: que no es una raza superior, y que su modo de vida no es el único posible. Y sobre todo, es necesario meditar sobre el hecho de que en la larga guerra entre payos y gitanos los perdedores son, casi siempre, los mismos: los gitanos.

(continúa en Gitanos III)

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