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Gitanos III

(...) Pese a todo, si bien como decimos los gitanos no tienen historia (ni les interesa) sí tienen conciencia colectiva... En esa conciencia colectiva se han depositado infinidad de experiencias que, fosilizadas, han dado lugar a un estereotipo. Baste recordar uno de los episodios más infames de la historia española, convenientemente olvidados: la Gran Redada de Gitanos de 1749 (...)

(índice: Gitanos I, Gitanos II)

El año 1749 se inició uno de los capítulos más tristes de la historia de los gitanos en España. Con la autorización del rey Fernando VI y bajo supervisión del Marqués de la Ensenada, se organizó de manera sigilosa y en secreto, una meticulosa operación militar cuyo objetivo era prender, deportar, confinar y dedicar a trabajos forzados a toda la población gitana española. Se le llamó Prisión General de Gitanos, o Gran Redada.

La lectura de los detalles de la operación resultaría pintoresca si no fuera espeluznante. Mediante cartas selladas, emisarios que desconocían la naturaleza de su misión, informes confidenciales, reclutamiento de tropas fieles y amparados en la derogación del asilo eclesiástico, el Estado Absoluto decidió, unilateralmente, acabar con los gitanos. Para ello se sirvió del registro de gitanos elaborado en 1717, nacido de la pragmática de ese mismo año que obligaba a asentarse a todos los gitanos en un determinado número de localidades y en una excata cantidad de individuos (una familia gitana por cada cien payas, como máximo). Sabiendo la administración central cuántos gitanos había y dónde estaban, el 30 de agosto de 1749, de manera concertada y simultánea, en todos los pueblos y ciudades de España donde habían sido realojados, se arrestó sin cargos a todos los gitanos a los que se pudo echar mano. En la redada cayeron entre 9.000 y 12.000.

Los planes se siguieron a rajatabla: se hizo un grupo con los hombres y niños mayores de siete años, que fueron enviados a los arsenales de la Marina para trabajos forzados, y otro grupo con las mujeres y menores de siete años en otro, que fueron conducidos a fábricas. El traslado desde el lugar de detención hasta el destino (así como la manutención y hasta los grilletes) debía pagarse con lo que se obtuviera de los bienes de los arrestados, que fueron inmediatamente confiscados y subastados. No se esperaría por los enfermos: que aguardarían su recuperación bajo custodia, para ser trasladados más tarde. Se programaron “depósitos” intermedios para alojar a aquella muchedumbre mientras duraba la deportación. Ya en su destino, y en medio de un disparatado caos administrativo, se les hacinó en “depósitos”, barracones y celdas, en durísimas condiciones de alojamiento y trabajo.

El indulto real no llegaría hasta quince años después de un avergonzado Carlos III, y todavía treinta y cuatro años más tarde, en 1783, se liberaban los últimos presos. Muchos niños, mujeres y hombres perecieron en el traslado o el confinamiento, y otros no volvieron jamás a ver a sus familias.

Resulta asombroso constatar cómo la Gran Redada anticipa algunos rasgos de cacerías posteriores, como el exterminio de los judíos en los años treinta y cuarenta del siglo XX. Como comentamos en la primera parte de estos comentarios, el grado de destrucción y de asimilación de las minorías suelen ser proporcionales en época de persecución. La sedentarización forzosa de los gitanos acontecida en las décadas anteriores permitió su cómputo y localización exacta. Los archivos dan fe de la precisión del recuento, la misma precisión que hoy asombra a los que se adentran en el fenómeno del Holocausto. Se conoce al detalle el número de familias avecindadas en cada plaza: Puerto de Santa maría, 157 familias; Jaén, 4; Sevilla, 130; Aranda de Duero, 1; León, 3… Así, hasta 881 familias.

La separación de hombres y mujeres (así como el permiso concedido a los ancianos para quedarse en sus localidades de asentamiento) indican que el objetivo de la redada era sencillamente genocida. El propio Marqués de la Ensenada no utilizó eufemismos para describirlo:

…falta lo principal, que es darles destino con que se impidan tantos daños y extinga si es posible esta generación…

Los verdugos, hombres cristianos temerosos de Dios, obedientes y leales al rey, fueron los militares, ayudados por los encargados del orden público. Separación por sexos, prisión indefinida sin cargos, pago de los gastos del arresto con cargo a los bienes del arrestado, empleo de mano de obra esclava… todo evoca con claridad una lógica que se repetiría amplificada en el holocausto siglo XX. Porque la lógica es la misma, si bien los medios y las herramientas no fueron los mismos, lo que permitió que el final fuera, también, diferente.

La Monarquía Absoluta carecía de los elementos conceptuales que más tarde, en el siglo XX, permitieron una mayor eficiencia en el exterminio. En pleno siglo XVIII la idea de raza, biológicamente definida, no existía. Tal era así, que el término “gitano” estaba prohibido: los “gitanos” no eran gitanos, sino españoles, súbditos del rey, iguales a los restantes súbditos, pero que se empecinaban en sus costumbres, trajes y lenguaje, que también habían sido prohibidos. Las órdenes de arresto omitían la palabra “gitano”, y se limitaban a describir sus actividades. El gitano no lo era por tanto por raza o linaje, sino por su forma de vivir. Fue una legislación más clasista que étnica. Este detalle generó una confusión determinante: muchos defendieron a los detenidos, a los que necesitaban para mantener las economías locales, o con los que habían trabado amistad. Los procedimientos para reclamar liberación de ciertos gitanos cayeron en cascada sobre las autoridades, que soltaban a unos mientras arrestaban a otros. El Estado Absoluto se echó atrás a los pocos meses, al comprobar que se estaba deteniendo a los gitanos equivocados: la desgracia se abatía, precisamente, sobre los gitanos que sí habían conseguido hacerse un hueco en la sociedad paya, los sedentarizados, los que por fín se dedicaban a tareas agrícolas, los que tenían casa en propiedad. Aquellos que se esaparon de la asimilación se escurrieron entre los dedos del Estado Policial.

Hoy en día casi nadie recuerda esta historia. Este capítulo de la historia española ha sido cuidadosamente olvidado, y sólo superficialmente investigado, lo que contrasta con el interés despertado por la expulsión de moriscos y judíos. No en vano, en españa ya no hay ni moricos ni judíos, pero sí gitanos. La terca presencia de estos últimos, tal vez, sea la razón de la amnesia.

(Más detalles en la Wikipedia: Prisión General de Gitanos)

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